1992.- Perdonen la Tristeza










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A medida que el pasado va entrando en nuestras vidas, sin que la retórica logre descifrar el por qué, en los sótanos y desvanes de nuestra alma se van arrumbando recuerdos. Estos, como el tronido de las trompetas el día del juicio, comienzan a desempolvarse a poco que, mirando hacia atrás, nos preguntemos "¿Qué habrá sido de nosotros?". Llegará entonces el momento de tasarlos con harto cuidado, para seguir estrechando vínculos entre nuestra memoria y nuestra imaginación. Este ha sido siempre nuestro punto de partida.
Ahora pretendemos indagar más, perdernos en este mismo origen, sin ida ni regreso; en este oscuro trastero de los días; mirarnos en su apulgarado espejo, para mostrarnos qué y a quiénes llevamos dentro. Para eso hemos empujado a este personaje descabalado de quién sabe qué drama folletinesco, a irrumpir en el desolado paisaje de la memoria; a partir de unos pocos objetos (recuerdos) este personaje reconstruye la galería de sus fantasmas, que en una última vuelta de herrumbroso carrusel irán pasando como testigos de una conciencia irreconciliable con su tiempo. Así, la obstinación de este personaje extraviado (Hamlet en busca de su sombra, Quijote a la busca de sus sueños, Cristo que busca su cruz), en procura de su identidad, nos habrá dejado aterradoramente solos a mitad de un panteón donde la intra-historia, ese caos inmutable, nos mostrará sus ajadas ánimas errantes. Esos retratos de difuntos de los que acabaremos formando parte.

Perdonen la tristeza es una suerte de inventario del teatro y de la época.
Un teatro habitado por triunfadores, con patente, de la escena. Feroces detractores de la ignorancia en la que viven; y una época inmersa en la ciega corriente de la indolencia y la indiferencia.