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A medida que el pasado
va entrando en nuestras vidas, sin que la retórica logre descifrar
el por qué, en los sótanos y desvanes de nuestra alma se
van arrumbando recuerdos. Estos, como el tronido de las trompetas el día
del juicio, comienzan a desempolvarse a poco que, mirando hacia atrás,
nos preguntemos "¿Qué habrá sido de nosotros?".
Llegará entonces el momento de tasarlos con harto cuidado, para
seguir estrechando vínculos entre nuestra memoria y nuestra imaginación.
Este ha sido siempre nuestro punto de partida.
Ahora pretendemos indagar más, perdernos en este mismo origen,
sin ida ni regreso; en este oscuro trastero de los días; mirarnos
en su apulgarado espejo, para mostrarnos qué y a quiénes
llevamos dentro. Para eso hemos empujado a este personaje descabalado
de quién sabe qué drama folletinesco, a irrumpir en el desolado
paisaje de la memoria; a partir de unos pocos objetos (recuerdos) este
personaje reconstruye la galería de sus fantasmas, que en una última
vuelta de herrumbroso carrusel irán pasando como testigos de una
conciencia irreconciliable con su tiempo. Así, la obstinación
de este personaje extraviado (Hamlet en busca de su sombra, Quijote a
la busca de sus sueños, Cristo que busca su cruz), en procura de
su identidad, nos habrá dejado aterradoramente solos a mitad de
un panteón donde la intra-historia, ese caos inmutable, nos mostrará
sus ajadas ánimas errantes. Esos retratos de difuntos de los que
acabaremos formando parte.
Perdonen la tristeza
es una suerte de inventario del teatro y de la época.
Un teatro habitado por triunfadores, con patente, de la escena. Feroces
detractores de la ignorancia en la que viven; y una época inmersa
en la ciega corriente de la indolencia y la indiferencia.
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